Ego solus ipse IV: El pozo.

Antes de nada, tengo que disculparme por haber estado casi un mes sin actualizar. Esta entrada, precisamente, sirve para explicar el porqué de mi ausencia.

Actualmente estoy leyendo Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami. Es de esta novela de donde he sacado la inspiración para hablar de este tema, pues introducen un concepto que me encanta: “sentarse en un pozo”.

El protagonista, Tooru Okada, de repente ve que su vida se ve sacudida por una serie de circunstancias que empiezan con algo en apariencia trivial: la desaparición de su gato. A este hecho le suceden otros acontecimientos, mucho menos agradables, que no voy a contar para no destripar un punto importante de la trama a aquellos que no hayan leído la novela.

Cerca de la casa del protagonista, situada en un barrio residencial, hay una vivienda abandonada, y en su jardín, un pozo. Así, decide bajar al fondo de ese pozo a reflexionar.

Sentado en la oscuridad, Okada descubre cosas de sí mismo que desconocía, cosas de los demás que hasta el momento había pasado por alto, se decide a escuchar, por primera vez en mucho tiempo, a su corazón.

Últimamente yo también he permanecido en mi pozo particular. No he acudido a ningún lugar físico para ello; resulta que en Zaragoza no abundan los pozos secos. No, mi pozo he sido yo misma. Temporalmente me he encerrado en mí y en mis libros, esperando sacar de ellos alguna respuesta. He hecho silencio en mi interior, en ocasiones y he puesto música atronadora, otras veces.

¿Y qué conclusión he sacado?, os preguntaréis.

Pues bien, por gajes del destino o por lo inspirador que me resulta este hombre, he encontrado la respuesta en otra novela de Murakami, en este caso, Baila, baila, baila:

“Lo que tenga que permanecer, permanecerá. Lo que no, no permanecerá. El tiempo soluciona la mayor parte de las cosas. Lo que no pueda solucionar el tiempo, lo solucionarás tú.”

Es cierto que, a priori, no parece una frase muy inspiradora. Pero paraos a pensar en ella un momento. El tiempo. Ese ente que nos acecha durante toda nuestra vida, y con el que mantenemos una relación cambiante dependiendo del momento. Los niños quieren crecer, ser mayores. Los adolescentes están en medio, crecen (crecemos) a trompicones, tropezamos, ocasionalmente nos damos de bruces contra el suelo. Y de pronto un día te despiertas y eres un adulto. Hecho y derecho.

Y entonces, ¿qué?

La mayoría de adultos se mueren por volver a ser niños. Paloma en La elegancia del erizo los compara con peces de colores golpeando sin cesar el cristal de la pecera, que de vez en cuando se paran a contemplar el desastre de nuestras vidas. Yo concuerdo, pero no concuerdo.

No solo la vida adulta es un desastre. El ser un desastre es la característica inherente a la vida; somos personas, no máquinas. Somos seres imperfectos, extraños, cambiantes, muy poco modélicos aunque nos quieran hacer creer otra cosa, contradictorios, incomprensibles e incomprensivos. Somos un desastre.

Y, como somos un desastre, a menudo nos herimos. Habitualmente sin saber cómo, por culpa de quién, a raíz de qué. Solo sabemos que algo sangra. Es que, cuando te disparan, sangras, escribe Sumire en Sputnik, mi amor. Efectivamente; pero a nadie le gusta ser disparado.

Finalmente es el Tiempo, el Tiempo con mayúscula, quien cicatriza la mayor parte de las heridas. El Tiempo es nuestro peor enemigo y nuestro mayor aliado, quien trata de poner un poco de orden en el caos de nuestra especie.

Y precisamente porque somos caóticos, de cuando en cuando todos necesitamos sentarnos en el fondo de un pozo oscuro a reflexionar. Para que el Tiempo haga su trabajo. Para sacarnos las balas de la espalda. Para dejar de golpearnos contra el vidrio de la pecera. Para, en fin, curarnos las heridas y seguir caminando.

Rincón lingüístico VI: De libros y gastronomía.

Debo dedicarle esta entrada a mi madre, la mejor cocinera de mi casa (y casi la única). Para una vez que escribo algo más material que etéreo, y más si tiene que ver con la comida, tiene que ser para ella.

El lenguaje: el método de comunicación por excelencia. Haciendo uso del mismo, ya sea hablando o guiñando un ojo, podemos expresar muchas más cosas de las que,  en ocasiones, pretendemos.  Y es que la lengua no es solo un método de comunicación, sino también de manipulación.

Esto lo hacen patente los publicistas a cada minuto: anuncios de cosméticos que, sin que apenas nos demos cuenta, nos meten en la cabeza que sin belleza no somos nada, anuncios de refrescos que nos ofrecen la felicidad en un trago de su bebida, marcas de ropa cuyo mensaje transmitido es “tu ropa eres tú”. Terrible, ¿verdad?

Combatir este tipo de publicidad es sencillo y arduo a un tiempo, pues se necesita una mente crítica que mucha gente no tiene o no quiere desarrollar.

Pero no es esto de lo que quiero hablar. El tema de hoy no es esta manipulación consumista y horrenda que trata de hacernos menos humanos y más maniquíes, sin imperfecciones, sin un gramo de grasa, con la mente ocupada en parecer perfectos, sin una sombra de felicidad en el rostro…

No. El tema que vengo a tratar es mucho más alegre: las sensaciones que los libros pueden inducirnos, y, más concretamente, las relacionadas con la comida.

Pensemos detenidamente. ¿Cuál es la diferencia entre devorar y saborear una novela? En el primer caso leemos cada línea con fruición, con ansia, tal es nuestro deseo de avanzar en la trama. A veces podemos atragantarnos si nos hemos saltado algún párrafo clave para la historia, o sufrir una pequeña indigestión si hemos leído demasiado deprisa. Pero el segundo caso… ah, saborear lentamente cada palabra es un verdadero placer, sentir las papilas gustativas estremeciéndose en un pasaje especialmente intenso…

Pero también hay que saber tragar sin rechistar las partes más amargas. ¡Cómo olvidar el desagradable regusto cuando ocurre algo que estabas deseando que no ocurriese, tan agrio, en el cielo de la boca?

Un libro es nada menos que un festín para el paladar. Los momentos picantes, censurados para los más pequeños, combinados con las partes de amor dulces y quizá algo empalagosas, esos salados personajes que te hacen reír a mandíbula batiente…

No hay tortura más terrible y más deliciosa que las entrañas retorciéndose de hambre… hambre por la lectura. El primer bocado al abrir por primera vez un libro nuevo, la agradable sensación de retornar a “la comida de siempre” al releer la primera página de uno que has leído mil veces, la agradable sensación de cerrar un libro con el estómago lleno

Las autoridades sanitarias advierten: no consumir libros durante un largo lapso de tiempo puede acarrear problemas de salud intelectual y emocional para usted y para los que están a su alrededor. Lea sin moderación.

Seis: Con B de genio.

El efímero deslumbrado marcha hacia ti, candela,
Crepita, arde y dice: ¡Bendigamos esta antorcha!
El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella
Tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba.

Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido?

Himno a la Belleza, Las Flores del Mal – Charles Baudelaire (fragmento)

La entrada de hoy es un poco especial. No hay canción, sino poema, ni temática, sino tributo. Y es, en efecto, a un genio miserable, a quien está dedicada la entrada de hoy. Miserable, porque vivió en la miseria y escribió sobre ella, y genio… bueno, nadie duda de que fuera un genio.

La poesía de Baudelaire me inspira inspiración, valga la redundancia, pero también una cierta repugnancia: me transmite algo del hastío reflejado en sus “Spleen”, la pasión en los intensísimos versos de “La muerte de los pobres”, el hedonismo más visceral en su “Himno a la belleza” y el erotismo feroz encerrado en las líneas de “A una mendiga pelirroja”; todo esto y mucho más es lo que transmite el brillante enfermo con su pluma.

Si bien los temas que trata son relativamente variados (el amor, el desamor, la adicción, sus recuerdos), siempre puede apreciarse la enfermedad, la miseria y el hastío que ahogaban al poeta. Os dejo por aquí, así, algunos fragmentos de mis poemas favoritos:

Es la Muerte que consuela, ¡ah! y que hace vivir;
Es el objeto de la vida, y es la sola esperanza
Que, como un elixir, nos sostiene y nos embriaga,
y nos da ánimos para avanzar hasta el final;

 La muerte de los pobres. Durante todo el poema, pero especialmente al principio, demuestra un anhelo de descanso y tranquilidad, traduciéndolo en un deseo de morir al fin. Recordemos que los poemas de “La muerte” están situados al final, y Baudelaire consideraba a la obra entera como un libro y no un poemario: esto significaría sus últimos años.

Desde ya, ¡lejos de aquí! ¡Demasiado tarde! ¡Quizás nunca!
Ignoro de dónde vienes, y no sabes a dónde voy,
¡Oh, tú!, a quien hubiese amado, ¡oh, tú que lo supiste!

He aquí “A una transeúnte”. El enamoramiento fugaz (o coup de foudre, como dicen los franceses) y cómo el poeta, valiéndose de vestigios del amor cortés medieval, adora y endiosa a una simple desconocida.

¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!
El mar es tu espejo; contemplas tu alma
En el desarrollo infinito de su oleaje,
Y tu espíritu no es un abismo menos amargo.

Y, para finalizar, “El hombre y el mar”. Este poema se me antoja algo primitivo, no en forma sino en contenido; el retorno del hombre al mar, y no al polvo, el reencuentro con su hermano primigenio: ambos furiosos e incontrolables, el hombre y sus pasiones como el mar con su oleaje.

Charles Baudelaire: adicto, incomprendido, absolutamente brillante, a veces algo misógino, repugnante, tremendamente delicado en ocasiones, feroz, melancólico, solitario, pero, por encima de todo, genio y estandarte del más oscuro, podrido y emocionante romanticismo literario.

Improvisa-2: To this day.

Nota: Esta entrada trata sobre el vídeo “To This Day“, de Shane Koyczan, que os recomiendo a todos que veáis.

Este vídeo, o mejor dicho, este poema hecho vídeo, se centra en tres personajes. Tres personajes concretos pero abstractos, tres personajes que podrían ser cualquiera. Un niño obeso, una chiquilla con una mancha de nacimiento, un muchacho adoptado. No es para tanto, ¿cierto?

Este vídeo, o mejor dicho, este poema hecho vídeo, habla de la soledad. No de la soledad doméstica y a la que todos estamos acostumbrados, no me refiero a la “ausencia de gente”. Me refiero a la soledad interior, a la que menos se ve y la que más duele, ese vacío, esa sensación de rechazo. ¿Sabes a lo que me refiero?

Sí, seguramente lo sabes.

Este vídeo, o mejor dicho, este mensaje hecho vídeo, habla del sufrimiento. No del sufrimiento físico, no del dolor soportable que percibe el sistema nervioso de nuestro organismo, sino del sufrimiento interior, el que te bloquea, te destruye y te anula. Esa horrible sensación de impotencia que te cala por dentro, que te hace sentir inútil, perdido, inválido. ¿Sabes de lo que hablo?

Sí, seguramente lo sabes.

Este vídeo, o mejor dicho, esta protesta hecha vídeo, habla de la fuerza. No de la fuerza bruta que quiebra huesos y calla bocas, en absoluto, no de los puños ni de los ácidos insultos que también son violencia, no; sino de ese tipo de fuerza que hace que brote la esperanza allí donde solo había desolación. ¿Sabes por dónde voy?

Sí, seguramente lo sabes.

Puede que, en tu vida, haya habido ”un día”. Un día que lo cambiase todo, que, de una forma o de otra, para bien o para mal, te convirtiera en alguien distinto. Puede que, en tu caso, no se trate de un día sino de una persona, un momento, un libro, una palabra, una canción. Algo. Algo que trastocase tu vida.

Si has pasado por eso, y estoy segura de que lo has hecho, comprenderás este vídeo (este mensaje, esta estremecedora protesta de cambio, este esperanzador himno) y comprenderás a aquellos que, noche tras noche y aunque tú no puedas verlo, siguen caminando en la cuerda floja. Comprenderás, si no lo hacías ya, que aquello que los otros perciben como debilidad es en realidad la más poderosa de las fortalezas.

¿Y qué pasa si tú no eres de los que miran, sino que te mantienes a duras penas en lo alto de la cuerda? ¿Y qué, si caíste alguna vez?

Our lives will only ever always continue  to be a balancing act that has less to do with pain and more to do with beauty.

Rincón lingüístico V: Filología.

¿No os parece, queridos lectores, que la etimología es una disciplina verdaderamente precisa y útil? Gracias a ella no solo podemos conocer el significado de una palabra, sino también su origen, lo cual nos permite echar un vistazo a la realidad lingüística y sociocultural de la época.

Gracias a la etimología sabemos, por ejemplo, que salario (sinónimo de sueldo o estipendio) viene del latín salarium (pago de o por sal), ya que en la época del Imperio Romano habitualmente se pagaba a los soldados con sal, una sustancia valiosa, pues era uno de los pocos métodos que existían para conservar la carne.

Pero en esta ocasión quisiera centrarme en otra de las maravillas de la etimología, y es el término filología.

El vocablo viene del latín philologĭa, quien a su vez deriva del griego φιλολογία. Centrándonos en el origen griego de la palabra, se divide en dos: φιλία (filia), cultismo para “amistad” y traducido habitualmente como gusto o amor, y λογία (logía), que tiene como traducción “ciencia o estudio”, pero en este caso se emplea una traducción alternativa; “palabra o discurso”. Es decir, que “filología”, literalmente, significa amor por las palabras.

Y no es para menos, pues, ¿para qué es la lengua si no es para ser amada? Es una herramienta para crear arte y un arte en sí, pues no hace falta menos sensibilidad para apreciar la belleza de un poema de Neruda que para admirar la Noche estrellada de Van Gogh o el Nocturno de Chopin.

Pecando -una vez más- de ponerme filosófica, he de confesar que siempre he pensado que lo único perfecto del ser humano es el Arte. El Arte con mayúsculas, en efecto, pues no hay error ni vicio en un texto verdaderamente hermoso, como no lo hay en una pieza musical que hace brotar lágrimas en los ojos de quien la escucha.. Sin embargo, he de hacer un inciso aquí: en cuanto a técnica, no todo lo correcto es artístico, ni todo lo artístico es correcto. En absoluto. Uno puede escribir un texto que esté perfectamente cohesionado y construido sin una sola falta de ortografía, y que éste sea plano, insulso o simplemente demasiado común para emocionar.

Diseccionar, analizar y profundizar en una lengua. Estos son, según tengo entendido, los objetivos principales de la filología. Comprender y dominar el español (en mi caso), ser capaz de emplearlo a mi antojo, devorar hasta la indigestión todo conocimiento relacionado, ser capaz de ver lo vivas que están las palabras, sentarme a observar, no sin deleite, los entresijos del latín y del griego, obtener, por puro hedonismo, el placer de paladear palabras bien contextualizadas en una frase.

¿Y aún me preguntan algunos que por qué quiero estudiar Filología?

Ego solus ipse III: De la pantalla al rendez-vous.

Internet, ese gran gigante. Yo pertenezco a la generación que nació ya casi enchufada; desde que tengo uso de memoria ha habido en casa un ordenador con acceso a Internet -más o menos rápido-, destinado a hacer trabajos, buscar información y perder masivamente el tiempo. He crecido, por así decirlo, de la mano de Internet.

Y algo que es inevitable en Internet es encontrarte gente, pues somos los “habitantes” de la red. A lo largo de los años que he ido utilizando Internet me he encontrado con tipos muy diferentes de personas virtuales, con las que, en ciertos casos, he congeniado.

Esto ocurrió cuando empecé mis andanzas en los foros, pero se ha dado con mucha más frecuencia desde que caí en Twitter. ¿Y por qué? Porque Twitter es una red social, lo que implica una cierta interacción, pero puedes usarla como te apetezca. Puedes limitarte a seguir a gente conocida y ya está, pero también puedes empezar a seguir a gente a la que no conoces simplemente porque te interesan las cosas que dicen (o que pían).

No falta la gente que salta inmediatamente diciendo que eso es peligrosísimo, que nunca se sabe quién hay detrás de la pantalla, y sí, tienen razón. En parte. Es decir, si te arriesgas a dar datos personales a las primeras de cambio al primero que te menciona, sí, puede que tengas algún problema, pero es que Internet es como todo: hay que utilizarlo con cabeza. Y si lo haces puedes conocer a gente increíble. La gente… aquí es donde yo quería llegar: la desvirtualización.

Pese a que, como he comentado arriba, el conocer a gente por Internet tiene ciertos riesgos, considero que teniendo cuidado y sabiendo lo que haces, puedes llevarte muchísimas experiencias muy positivas. Personalmente he conocido a personas con las que posteriormente he quedado en persona y con las que ahora tengo relaciones de amistad; sin embargo todas tienen algo en común: viven en mi ciudad y es mucho más fácil el contacto.

El sábado pasado, así, fue cuando desvirtualicé a una buena amiga que vive en Barcelona. Y creedme, queridos detractores de las amistades por Internet: la sensación que te embarga cuando tienes a tu lado por fin a alguien con quien antes solo te habías comunicado a través de una fría pantalla de ordenador es increíble.

Y es que, en mi opinión, Internet es muchas veces la “cura” a la superficialidad. No sabes ni te importa cómo es la persona físicamente, simplemente lo que dice, cómo lo dice y cómo es en sí misma.

Si tenéis la oportunidad, os recomiendo que desvirtualicéis a cuantos ciber-amigos podáis: os llevaréis recuerdos fantásticos, una amistad un poquito más consolidada y una tonelada de caramelos japoneses… ¿o eso fue solo en mi caso?

Esta entrada, por supuesto, se la dedico a @painisred y al gran día que pasamos juntas en Barcelona. ¡Muchas gracias por todo, Bárbara!

Rincón lingüístico IV / Ego solus ipse II: Haruki Murakami.

Esta entrada es una excepción. Como podéis observar en el título, pertenece a dos categorías: Rincón lingüístico, cuyas entradas tratan sobre lengua, y Ego solus ipse, que habla básicamente sobre mí. Esto no es algo habitual, porque intento que cada entrada tenga un sitio concreto y ninguno más. No obstante, resulta que esta entrada va a ser especial, porque voy a hablar de alguien especial para mí.

Todos tenemos personas, situaciones o cosas en general que nos atraen más que otras. Nuestros grupos musicales predilectos, el plato que más nos gusta comer, la canción que escuchamos con más cariño… de esta manera, no es raro tener un escritor favorito. Podría ponerme a hablar aquí de lo mucho que me gusta el sushi o de lo mucho que me relaja escuchar a Les Discrets, pero como esta entrada tiene una parte lingüística, voy a hablaros un poco de Haruki Murakami, el hombre que se ha ganado, sin reservas, la etiqueta de “mi escritor favorito”.

Podría hacer un resumen de su biografía y decir que Murakami es un apasionado de la música y de la literatura. Podría comentar su pasión por el deporte o la vinculación de sus novelas con el jazz. Podría hablar de sus premios o de lo que opinan los críticos japoneses y extranjeros sobre su obra. Podría hacerlo, pero no lo voy a hacer. Lo que sí voy a hacer es hablar de mi relación con sus obras, de cómo me afectaron y de lo que significan para mí.

La primera e indiscutible en mi lista es Tokio Blues: Norwegian Wood. Leí esta novela hará unos dos años, en verano. Suelo pasar los veranos en un pequeño pueblo de la costa vizcaína, en una casa enfrente del mar. Como no me gustan demasiado ni los días de sol ni la playa, suelo pasarme esos días de descanso leyendo, escuchando música y mirando el mar. Recuerdo que en ese momento había terminado todos los libros que había llevado conmigo, y mi tía me prestó este.

Lo leí despacio, poco a poco, saboreándolo. Cuando lo terminé, no supe que lo leería mil veces más. Fue calándome poco a poco, como (valiéndome de las alusiones a la naturaleza que utiliza el propio Murakami) el agua cala en la tierra tras un aguacero.

Una de las particularidades de esta novela es que permite, según tu estado de ánimo, identificarte con el eterno observador Watanabe, con la desdichada Naoko o, cuando tu ánimo está a medias sarcástico a medias algo amargo, con Reiko. El sufrimiento que Murakami plasma en ciertos pasajes de la novela está tan vivo y es tan real que hizo que me estremeciese profundamente. Y así, así es como caí en el mundo de este hombre.

Después de Tokio Blues leí Al sur de la frontera, al oeste del sol. Sentí que me decepcionó un poco, pero tras varias relecturas dejó de darme esa impresión. Es la novela de Murakami que menos huella me ha dejado, y como no quiero hacer la entrada excesivamente larga, no me detendré más en esta.

Sputnik, mi amor. No sé si fue mi tercera incursión en Murakami, pero sin duda se pelea, junto con la siguiente de la que hablaré, por el primer puesto en mi lista de “libros inolvidables”. Ya hablé un poquito de Sputnik aquí, aunque ahí me centré más en la parte amorosa de la novela. Probablemente, Sumire es el personaje ficticio con el que más me he identificado nunca, en todos los sentidos. Pero Sputnik, mi amor trata básicamente de pérdida, de sentimientos (no solo amorosos) no correspondidos, todo ello rodeado con la magia del universo de Murakami.

Por último, la más mágica y la más tierna. Kafka en la orilla. La dulzura de Nakata, la determinación de Kafka Tamura, la misteriosa presencia del joven llamado Cuervo. Kafka en la orilla se centra en la huida de la realidad, en el ansia de abandonar algo o de recuperarlo. Kafka en la orilla es mucho más que un batiburrillo de vidas de personajes. Es una de esas novelas que te muestra más de ti mismo que de la historia en sí. Una de las citas que más me gustan es la que dejo ahí abajo. Me hace pensar en el paso del tiempo, en cómo vamos cambiando sin darnos cuenta.

Cada día, al llegar la hora, anochece. Pero el mundo ya no es el mismo que el día anterior. Tú no eres el mismo que ayer.

 

He leído varias novelas más de Murakami, antes de escribir esta entrada estaba, de hecho, leyendo una. Esa atmósfera delicada, suave, y esos personajes que no encajan (por ser demasiado inteligentes o por ser considerados estúpidos, por sentirse solos, por saberse mediocres, por haberse enamorado de quien no tocaba o por no ser capaces de hacerlo),  el escenario de la salvaje metrópoli de Tokio.

No os puedo asegurar que os vaya a encantar, pero lo que es probable es que, si leéis un libro suyo y os atrapa, estaréis perdidos. Disfrutadlo, en ese caso.

Improvisa-2: Relato.

El pesado manto de la noche cerrada había caído sobre la colina. El firmamento, sin una sola luz, era tan oscuro como… como… el joven cerró un momento los ojos y el cuaderno. ¿Como qué? Sentado sobre la hierba, agradeciendo la caricia de la fresca brisa nocturna, el muchacho sintió por un momento su cabeza vacía de contenido. Era un escritor novato (un escritorzuelo, decía su padre), que tenía un cajón de su escritorio especialmente destinado a las novelas rechazadas por las editoriales. Guardaba cada fracaso como si se tratase de algo valioso y efímero, como si el hecho de preservar todas y cada una de las dolorosas críticas que había ido recibiendo a lo largo de dos años lo salvase de convertirse en un miserable. En su fuero interno, sin embargo, despreciaba profundamente a los editores -esos viejos resabiados- que criticaban su obra. ¡Sus escritos eran frescos, novedosos, intensos, apasionantes! ¡lo tenían todo!

El joven tenía talento, o eso creía él. Durante el instituto había sido un chico despierto al que los profesores elogiaban, era popular. Él se creía inteligente y talentoso, pero no obstante era incapaz de encontrar algo con lo que comparar el hermoso cielo de aquella noche estival. Y eso empezaba a carcomerle por dentro, a roer su sólida autoconfianza.

El joven se devanó los sesos recordando los talleres de escritura en los que había participado en el instituto. Trató de encontrar un elemento, real o imaginario, que se pudiera comparar a la misteriosa hermosura de aquel cielo, pero fue en vano. Empezaba a pensar amargamente que el firmamento cambiaba a placer para que nadie pudiese describirlo.

El muchacho se tendió sobre la hierba. Con los ojos cerrados y la vieja libreta a un lado, dejó suelto el hilo de sus pensamientos. Pensó él, en la gente de su alrededor, pensó en sus escritos, pensó en aquella pila de novelas rechazadas, pensó en el cielo y nuevamente volvió a pensar en él mismo. Era un cielo normal y él era un joven escritor con talento. ¿Qué diablos, qué diablos era lo que le impedía calificarlo adecuadamente?

Tendrían que pasar todavía un par de años para que, una madrugada de agosto, el chico (o quizá ya no tan chico) se despertase de pronto, sudoroso y desesperado, se arrancase las mantas y buscase desenfrenado aquella estúpida y vieja libreta. Al encontrarla, contemplándola como quien contempla un tesoro o como se mira la foto de un amigo olvidado, se sintió el hombre más afortunado del universo. Por eso, con una calma repentina y casi mística, finalizó aquella frase incompleta desde hacía años, colocó la última pieza del puzle:

El firmamento, sin una sola luz, era tan oscuro como la decepción.

Rincón lingüístico III: la escritura y yo.

Es un buen día para escribir esta entrada. Tenía pensado que la tercera entrega de mi rincón lingüístico fuese una entrada, escrita en francés y en español, que hablase, precisamente, de mi pasión por el francés. Sin embargo, ya que ayer ya subí una entrada en ese idioma (que encima está pendiente de corrección, y tampoco quiero sobrecargar de trabajo a terceras personas), pensé que acabaríais pasándome por la guillotina. Lo que yo llamo hacer un Robespierre, vaya.

Así que no. Voy a hablar, como bien reza  (¡reza!) el título, de mi relación con la escritura.

Supongo que podría ponerme técnica y explicar que, efectivamente, escribir no es más que “representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie.” Es una definición correcta, pero en este contexto no es completa.

Porque para mí escribir es mucho más. Escribir, antes que nada, es crear. Escribir es ser Dios. Escribir es, como me dijeron una vez, ser generoso. Escribir es esforzarse. Escribir es un placer. Escribir es, también, reescribir. Escribir es fallar y mejorar. Escribir es frustrante y agotador. Escribir es amar lo que escribes. Escribir es ser autocrítico. Escribir es, en resumen, apasionante.

Quizá algunos estéis pensando que quién soy yo para decir eso, que tengo quince años y que no sé nada de nada. Y os digo que tenéis razón, que efectivamente no sé nada de nada, pero lo bueno de esto es que no lo necesito. Si bien se escribe siempre para un público, no hace falta ser un genio para ponerse a escribir. No necesitas tener un dominio perfecto de las técnicas literarias, ni siquiera necesitas un ordenador bonito. Necesitas pasión y ganas de contar una historia, y, tal vez, papel y lápiz.

No sé si algún día escribiré algo que sobrecoja al mundo. Si os soy sincera, ese es mi pequeño gran sueño. Si bien probablemente no consiga escribir algo así de bueno, sí puedo esforzarme para escribir textos que me sobrecojan a mí misma, que hagan que me sienta orgullosa de lo que hago. Este blog, sí, este proyecto que aún no he abandonado, este proyecto por el que estoy venciendo mi pereza infinita, forma parte de ese sueño.

Seguramente faltan muchos años, muchos fallos y mucha experiencia para conseguir algo parecido. Seguramente me quedan muchas, muchísimas críticas, constructivas y destructivas que recibir, mucha gente a la que conocer, muchos libros que leer y muchas teclas que desgastar. Hasta entonces me tendréis por aquí, poniendo granito tras granito, una palabra detrás de otra, songe après songe.

Improvisa-2: Des radotages.

Je suis seule dans ma chambre. J’ai déjà fini mes devoirs, j’ai déjà écrit un post dans ce blog, j’ai déjà tout fini. Je reste en silence, je plonge dans moi-même et je pense. Je pense, tout simplement; je pense. Je pense à ceux qui sont avec moi, je pense à ceux que j’ai perdus, je pense à ceux que j’ai peur de perdre. Je pense, donc je ne fais rien.

Les humains sont les créatures les plus inutiles du monde. On ne fait rien, mais on pense qu’on est très importants car on a la capacité de penser. On ne peut pas voler, on ne nage pas, on est faibles et on le sait, alors on se réfugie dans la pensée; notre force est dans le cerveau. Quand on pense, quand on devient plus humains, on est conscients de nos pensées, mais les pensées ne sont que des idées intangibles. Pas de matière: rien.

Maintenant, je suis en train de penser sur le fait de penser, donc je ne suis en train de rien faire. L’Homme, avec majuscule, faiseur suprême, presque un dieu (je ne vais pas parler sur le concept de dieu, je ne veux pas vous tuer d’ennui), n’est rien sans ses pensées. La mort, peut-on dire, est le manque de pensée.

Je ne fais rien, je ne pense à rien. Même si j’ai l’air très philosophique, je dois être d’accord avec Descartes: “je pense, donc je suis”. Je ne pense à rien, donc je ne suis rien. Existentialisme. Ah, Sartre…!

Comme vous pouvez voir, je radote. Je radote et je le sais, je suis consciente. Radoter, penser, même exister, sont des choses abstraites; des concepts humains, des mots. Rien, rien qu’un peu de philosophie.

C’est stupide. Je suis en train de parler de choses qui n’ont aucun sens, je radote pour le plaisir de radoter, je parle pour le plaisir même de parler. Le plaisir. Hédonisme! Hélas, aujourd’hui (c’est évident !) je suis trop philosophique. Excusez-moi.

Parfois, radoter sur rien c’est une chose très bonne pour la santé. On pense, on parle, on aime, on lit, on écrit des posts philosophiques. On ne fait rien, donc on fait tout.

Pensez, parfois. Écrivez souvent. Radotez, plus souvent. Pratiquez votre français et soyez un peut pédants, comme moi. Faites des choses, ne faites rien. Soyez, ou ne soyez rien.