Uno: “Je suis l’enfant d’un peuple sourd”

Je suis l’enfant d’un peuple sourd,
Qu’on vienne à mon secours
J’ai construit ma vie et des barrières autour
Sans jamais voir le jour

– Pardonné, de KYO

Aquí está, ahora sí, la primera entrada verdadera del blog, cuyo título no podría ser más acertado. “Soy el hijo de un pueblo sordo”. Un pueblo sordo que ni escucha ni deja escuchar. Un pueblo bello en el interior pero podrido por fuera, un pueblo mediocre, un pueblo que no conoce el esfuerzo, un pueblo que hiere y que mata.

Es mi pueblo, pero podría ser el de cualquiera.

Podría hablar, desde mi puerilidad, de lo mal que veo a mi país, de lo adormecidos y aborregados que veo a todos. Pero no lo voy a hacer, porque de blogs cargados de sesgada pseudopolítica está Internet lleno. No, los tiros no van por ahí (por suerte).

A veces no puedo evitar sentir que me asfixio, como si gritase en una habitación en la que todas las demás personas están sordas. Me ahogo intelectualmente, sintiendo una presión sobre mí que no entiendo. Los demás, aunque sea sin palabras, aunque sea en lenguaje de signos, me imponen unas expectativas que no estoy segura de poder cumplir. Unas expectativas mudas, sordas, que pesan como un yunque. Escribe más, preséntate a concursos, gánalos (aunque, hasta la fecha, esto nunca haya ocurrido), haz esto o lo otro. Alabándome con palabras que seguramente tienen bien poco de sinceras.

Haciendo predicciones sobre mí sobre cosas que ni siquiera yo sé. Esa fascinación que sentimos las personas por organizarle la vida a los demás, como si nuestros congéneres fuesen demasiado idiotas para hacerlo por sí mismos o para esperar, siquiera.

Gritar rodeada de gente sorda desahoga tanto como escribir en un blog en lo más alejado del ciberespacio. La soledad como vía de escape.

Todo gira en torno a la sordera. A la propia sordera, que hace que seamos capaces de negárnoslo todo; nuestros deseos y nuestros defectos, los problemas o los problemas de los demás. La sordera social que a veces deviene ceguera, así, tenemos a mendigos siendo ignorados por señoras embutidas en abrigos de visón. No hay más sordo que el que no quiere oír.

Esa estúpida sordera adolescente que les (nos) lleva a subir la música al máximo para no oír la bronca de tu madre, o los consejos del profesor, o a la propia conciencia. Pobre Pepito Grillo.

Hagamos un pequeño esfuerzo por oír, o más bien por escuchar, aunque todo lo que tengamos para escuchar en este momento sean esos horrendos villancicos con los que nos machacan el cerebro en estas fechas (tan señaladas). Escuchen, oigan, vean, lean. No se recluyan en el aislamiento, o se perderán lo mejor de sí mismos.

Feliz Navidad, o algo.

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Cero: “Ego solus ipse”

Otra vez yo. Y sí, digo ”otra vez” porque este debe de ser el enésimo blog que abro con la intención de hacer de él mi pequeño proyecto personal. Sin embargo, esta vez será especial: ¡no me he tirado un buen rato intentando descifrar cómo funcionaba esto de WordPress para luego abandonarlo!

Como reza la cabecera, esta vez soy solo yo (y mis circunstancias, dice por ahí un tal Pascal). Sin pretensiones, sin tonterías, sin nada. Yo y mis comidas de tarro, yo y mis libros, yo y yo.

He decidido que, salvo esta, por ser la primera, todas las entradas a partir de ahora serán así: X (dependiendo del número de entradas) y el título o una parte de una canción. ¿Por qué? Porque es mi blog y me lo follQUIERO DECIR, lo uso como quiero. Y punto.

Este sitio va a ser también, a veces, yo y mis escritos. Escritos un poco abstractos, a ratos inconexos y de vez en cuando simplemente raros, pero que me describan a mí. Una vez leí por ahí que los personajes de una novela no son más que la proyección que el autor hace de sí mismo. Siguiendo esto, en realidad la escritura no sería sino una terapia, a veces de autodestrucción o, incluso, alguna retorcida forma de masturbación. Qué rara es la gente.

Tal vez gracias a este blog descubra un poquito más sobre mí, quién sabe. Al fin y al cabo, de momento no es más que un pequeño proyecto.