Kafka en la orilla

Tu corazón es como un gran río crecido tras un largo período de lluvias. Los postes indicadores del camino están, todos sin excepción, sumergidos en la corriente, o tal vez hayan sido arrastrados a otro lugar oscuro. Y la lluvia sigue cayendo torrencialmente sobre el río. Y cada vez que veas en las noticias las imágenes de unas inundaciones pensarás: «Sí, justo. Ése es mi corazón»

Kafka en la orilla, Haruki Murakami.

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Rincón lingüístico: Declaración de intenciones

Al ser esta la primera (mini)entrada de la nueva categoría “Rincón Lingüístico”, he pensado que, antes de entrar en materia, debería hablar un poco de lo que pienso hacer con esta sección.

Como sabéis, una de mis grandes pasiones es la lengua. Por ello, leo con bastante frecuencia sobre ello en Internet, en especial en Wikipedia: lingüística, ortografía, historia de las lenguas y más, porque es un tema que me encanta. A raíz de esto, pensé: ¿por qué no compartir mis modestos conocimientos en el vasto universo cibernético?

Y aquí estoy. En esta sección hablaré de ortografía, de fallos comunes que escucho en mi entorno, de los libros que leo, de cómo me va en los estudios de idiomas… de todo eso.

Ahora es cuando me dirijo directamente a vosotros, los lectores, para pediros que me corrijáis, si podéis. Uno de los objetivos de esta sección es aprender todo lo posible sobre nuestra maravillosa lengua, y si podemos ayudarnos un poquito entre todos, mejor que mejor.

Ego solus ipse I: Las lenguas y yo.

Con esta entrada casi espontánea inauguro un nuevo tipo de entradas en este blog. Se llamarán Ego solus ipse (como la entrada-presentación) y no irán asociadas a ninguna canción, porque hablarán exclusivamente sobre mí, o, en este caso, de mi amor por los idiomas.

El más importante y querido para mí es, por supuesto, el español. Pese a que supongo que resultaré algo pedante, me esfuerzo en emplearlo con la mayor corrección posible, porque es mi lengua materna y creo que he de cuidarla. Es una lengua preciosa, llena de matices, giros, expresiones, de poesía, de tiempos verbales (el calvario de los extranjeros que aprenden español), de riqueza. De ahí que mi intención sea estudiar Filología Hispánica, a pesar de sus aparentes pocas salidas, porque quiero conocer mi lengua en profundidad, de forma exhaustiva, hasta el último recoveco.

El segundo en mi ránking es el francés. Ocupa un puesto privilegiado en la lista, pues es el único que compite por ser el primero con el español. Y os preguntaréis (o no) ¿por qué? Pues bien, lo cierto es que ni yo misma lo sé. Como un amigo me dijo hace un tiempo: “lo tuyo con el francés fue un flechazo”. Una de las cosas que más me gustan, sin duda, es su fonética, que si bien no es sencilla, es el toque característico, tan suave y tan reconocible, del idioma. Es una lengua dulce, agradable al oído, relativamente sencilla, curiosa y bonita.

Y es que en algún momento, no sabría determinar cuándo, la lengua de Voltaire me robó el corazón. Por lo visto, irremediablemente.

En tercer lugar, empatados, vienen el chino y el japonés. Estudiando los dos puedo decir, sin echarme flores, que hay que ser valiente para ponerse con estos idiomas, en particular con el chino. Requiere concentración, memoria y, sobre todo, muchísimo tiempo. El chino es un idioma muy especial, no puede aprenderse en cuatro años y para un extranjero es prácticamente imposible dominarlo, pero para mí tiene su encanto. Es una lengua con un vocabulario extremadamente preciso, riquísimo en matices entre palabras, pero sin embargo con una gramática muy simple (sujeto – verbo – objeto, los verbos apenas se conjugan, no hay flexión de género ni de número…) y una pronunciación terriblemente difícil. Aunque suene masoquista, sí, una de las razones por las que me gusta es su dificultad. Raro.

El japonés, he de reconocerlo, empecé a estudiarlo a raíz de mi vena friki. Es una lengua curiosa, infinitamente más fácil que el chino y muy influenciada por el mismo, con una pronunciación sencilla y una gramática no demasiado complicada. Una de las cosas que me encantan del japonés es que es un reflejo perfecto de la sociedad nipona. Es una lengua muy jerarquizada, en la que depende muchísimo la formalidad y tu propio estatus a la hora de hablar. En ese sentido es muy ceremoniosa, siendo su fonética suave y agradable al oído. Me resulta, en sí, muy bonita y agradable de aprender.

Llegando al final, he de reconocer que no he olvidado al inglés, lo que ocurre es que no es un idioma que me entusiasme especialmente. Me parece sencillo, útil y cómodo de hablar, pero nada más. Es entretenido y me gusta aprenderlo, pero por alguna razón, no me llama tanto como los antes mencionados. ¿Será porque estamos ya muy acostumbrados a él?

El caso es que, como habéis podido comprobar, soy una enamorada de los idiomas. Me encanta poder comunicarme -mejor o peor- en varios de ellos, porque me fascina ser capaz de cambiar de mentalidad al cambiar de idioma, y esto es así porque el aprendizaje de una lengua implica aprender, también, la cultura y la forma de ver la vida de otras personas.

Si estáis aprendiendo idiomas o queréis hacerlo, os deseo buenos profesores, porque tenerlos es esencial para que te guste un idioma. Os deseo, también, constancia, ganas de aprenderlo, que la pereza os (nos) abandone un rato y que, en fin, os resulte fácil empaparos de una lengua nueva.

Tres: “You don’t believe in God”

You don’t believe in God
I don’t believe in luck
They don’t believe in us
But I believe we’re the enemy

– DESTROYA, de My Chemical Romance

Voy a empezar la entrada soltando una noticia bomba: no soy una persona religiosa. Durante la entrada hablaré de la Iglesia Católica, porque es la que me toca más de cerca dado el país en el que vivo, pero dejo claro desde el principio que no creo en ninguna deidad ni sigo ninguna religión.

No creo en Dios, y sin embargo, el Dios cristiano me inspira bastante antipatía. En el Antiguo Testamento, se presenta como un Dios iracundo que reparte plagas como chucherías. ¿No se supone que la ira es uno de los siete pecados capitales? ¿Cómo puede cometer el propio Dios un pecado capital?

Básicamente, no me agrada la idea de deber mis virtudes y lo que hago bien a Dios, pero que mis fallos sean sólo míos, no señor. Si hago algo bien, será o bien fruto de mi esfuerzo, o bien gracias a la ayuda brindada por gente que me quiere.

Sin embargo, no creo que la creencia en algún ente superior sea algo perjudicial. La creencia en deidades es, al fin y al cabo, algo lógico y en cierto sentido inherente al ser humano como especie. No obstante, ¿por qué habría que hacer negocio con las creencias de la gente?

Aun sin ser ninguna experta en teología, considero que Jesucristo se llevaría las manos a la cabeza si viera en lo que se ha convertido su Iglesia. Cristo, que predicaba la pobreza y el amor al prójimo, se encontraría con un Papa millonario y que opina que “salvar a la humanidad de las conductas homosexuales o transexuales es igual de importante que evitar la destrucción de las selvas.”

No he leído la Biblia entera, pero según sé, Jesucristo jamás condenó la homosexualidad. Son el pasaje de Sodoma y Gomorra (o una interpretación del mismo) y un pasaje del Levítico (donde se menciona que la sodomía es ”una abominación), en el AT, y varias cartas de Pablo (a los Romanos, a los Corintios y a Timoteo), en el Nuevo Testamento, quienes lo hacen. Que hubiese homofobia hace dos mil años me parece cabal, lo que no considero tolerable es que esas mismas conductas homófobas sigan existiendo en la actualidad. ¿No hemos progresado nada en los dos mil años que han pasado?

Señores, una cosa es creer ser cristiano y otra muy diferente ser un intolerante. Aunque ahora no esté de moda reconocerlo, sería injusto negar la inmensa labor que hacen muchísimos religiosos, que lo único que hacen es canalizar su fe hacia la ayuda y la comprensión en lugar de hacia la intolerancia y la cerrazón. Lo primero es respetable, lo segundo es punible.

Crean en lo que quieran, pero recuerden siempre que antes que cualquier Dios, antes que los ritos, los dogmas y los rezos, están las personas. No hagan de sus creencias una excusa para la discriminación y el rechazo.

Postdata: Esta entrada me ha quedado bastante larga, así que reservo el tema del satanismo ateísta para otro día. ¡Queda pendiente!

Dos: “Si puedo escapar, es con la mente”

¿De qué me sirve salir de esta inmensa ciudad
si de quien pretendo huir seguirá dentro de mí?
Y eres tú, y eres tú.
Si puedo escapar es con la mente.

– Belice, de Love of Lesbian

Si hay algo que defenderé a capa, espada, escudo y armadura es la importancia de la educación. Yo, con mi paciencia escasa de fábrica, con mi irritable carácter y mi dificultad para hablar en público, sería la peor docente del mundo, y eso sin mencionar que no me gustan los niños. Sin embargo, y porque algunas virtudes sí me ha dado Dios la combinación de genética y ambiente, soy el prototipo de buena alumna. No por mis notas, que son una montaña rusa con loopings y todo, sino porque desde pequeña me inculcaron la importancia del respeto y de la atención. Por esto y algunas otras razones acostumbro a  llevarme bien con los profesores, o, al menos, no mal. Gracias a mi experiencia personal como alumna y a la información que he obtenido de docentes y exalumnos considero que puedo opinar sin salirme mucho del tiesto. Espero.

Es mi opinión personal, pero creo firmemente que la educación ahora mismo está mal. Bueno, mejor dicho, está MAL. Y antes de que usted, Lector McLector, saque la antorcha y empiece a corear enfurecido el nombre de Rajoy y de toda su familia como si de los Dos Minutos de Odio orwellianos se tratase, déjeme hablar. O escribir, leñe.

Evidentemente, los recortes en materia de educación han fomentado la decadencia de nuestro sistema educativo, esto es algo innegable. No obstante, esta entrada va a estar enfocada a la relación alumno-profesor, alumno-materia e incluso alumno-alumno, no a poner la cabeza del hideputa señor Wert en una bandeja.

Como he indicado antes, voy a hablar desde mi punto de vista.

El objetivo de la educación es formar mentes, hasta ahí todos estamos de acuerdo. Formarlas, es decir, darles forma. Considero que el principal objetivo de la educación no es embutir en los cerebros de nuestros niños cantidades ingentes de conocimiento (aunque, obviamente, el conocimiento es importante), sino enseñar a pensar, a resolver problemas. ¿Cómo? Fomentando la autonomía, el interés, que los chicos se “saquen las castañas del fuego”, vaya.

Dentro de este planteamiento existen varios inconvenientes desde la raíz, ya que, como todo plan o proyecto, tiene sus fallos internos. Sin embargo, existe un problema ajeno (social) en lo tocante a la educación. Y es que la educación, la que dicta que uno debe dejar hablar al ponente de una conferencia, por ejemplo, no es competencia de los docentes. O, al menos, no debería serlo.

La educación, como me han dicho desde pequeña, empieza en casa. No se puede pretender que un profesor de Primaria (o, lo que me parece más preocupante, de la ESO) esté continuamente pendiente de que un alumno en concreto esté callado, bien sentado, atento, no moleste a los compañeros… y, al mismo tiempo, de que toda la clase aprenda algo. Hasta la fecha, ni los maestros ni los profesores son superhéroes. (No tan) queridos padres, por favor, pongan algo de su parte.

“Si puedo escapar es con la mente”, como reza el título de la entrada. Y efectivamente. La imaginación es una de las armas más poderosas con las que contamos como individuos que somos, y sin embargo, muchos creen que es algo nocivo. Triste.

Y es que el pensamiento, el acto de pensar, va unido al aprendizaje, y, por defecto, al de enseñar. Yo, como alumna que ha podido experimentarlo, pienso que hay pocas cosas mejores que un buen profesor. No uno que sea “generoso” corrigiendo, que haga la clase “divertida” ni nada por el estilo. Es mucho más sencillo que todo eso. Un profesor que se esfuerza, que se preocupa por sus alumnos, que sabe lo que está diciendo y sabe también cómo decirlo… bueno, un profesor así no tiene precio. Y, desgraciadamente, no abundan.

Uno de estos profesores-joya que tanto cuesta encontrar, y que sin embargo yo tuve la suerte de tener, me dijo una vez:

La linde del camino, donde crece la mala hierba y las flores más bellas, es el único lugar donde puede crecer algo nuevo.

Atrévanse a salir del carril y acérquense a la cuneta. Aprecien a sus educadores, si fueron o son alumnos, e intenten aprender un poco de su alumnado, si son educadores. Aprendan, antes que nada, a amar el conocimiento. Piensen y disfrútenlo, porque es mejor tener las manos atadas que la mente llena de cadenas.