Rincón lingüístico VI: De libros y gastronomía.

Debo dedicarle esta entrada a mi madre, la mejor cocinera de mi casa (y casi la única). Para una vez que escribo algo más material que etéreo, y más si tiene que ver con la comida, tiene que ser para ella.

El lenguaje: el método de comunicación por excelencia. Haciendo uso del mismo, ya sea hablando o guiñando un ojo, podemos expresar muchas más cosas de las que,  en ocasiones, pretendemos.  Y es que la lengua no es solo un método de comunicación, sino también de manipulación.

Esto lo hacen patente los publicistas a cada minuto: anuncios de cosméticos que, sin que apenas nos demos cuenta, nos meten en la cabeza que sin belleza no somos nada, anuncios de refrescos que nos ofrecen la felicidad en un trago de su bebida, marcas de ropa cuyo mensaje transmitido es “tu ropa eres tú”. Terrible, ¿verdad?

Combatir este tipo de publicidad es sencillo y arduo a un tiempo, pues se necesita una mente crítica que mucha gente no tiene o no quiere desarrollar.

Pero no es esto de lo que quiero hablar. El tema de hoy no es esta manipulación consumista y horrenda que trata de hacernos menos humanos y más maniquíes, sin imperfecciones, sin un gramo de grasa, con la mente ocupada en parecer perfectos, sin una sombra de felicidad en el rostro…

No. El tema que vengo a tratar es mucho más alegre: las sensaciones que los libros pueden inducirnos, y, más concretamente, las relacionadas con la comida.

Pensemos detenidamente. ¿Cuál es la diferencia entre devorar y saborear una novela? En el primer caso leemos cada línea con fruición, con ansia, tal es nuestro deseo de avanzar en la trama. A veces podemos atragantarnos si nos hemos saltado algún párrafo clave para la historia, o sufrir una pequeña indigestión si hemos leído demasiado deprisa. Pero el segundo caso… ah, saborear lentamente cada palabra es un verdadero placer, sentir las papilas gustativas estremeciéndose en un pasaje especialmente intenso…

Pero también hay que saber tragar sin rechistar las partes más amargas. ¡Cómo olvidar el desagradable regusto cuando ocurre algo que estabas deseando que no ocurriese, tan agrio, en el cielo de la boca?

Un libro es nada menos que un festín para el paladar. Los momentos picantes, censurados para los más pequeños, combinados con las partes de amor dulces y quizá algo empalagosas, esos salados personajes que te hacen reír a mandíbula batiente…

No hay tortura más terrible y más deliciosa que las entrañas retorciéndose de hambre… hambre por la lectura. El primer bocado al abrir por primera vez un libro nuevo, la agradable sensación de retornar a “la comida de siempre” al releer la primera página de uno que has leído mil veces, la agradable sensación de cerrar un libro con el estómago lleno

Las autoridades sanitarias advierten: no consumir libros durante un largo lapso de tiempo puede acarrear problemas de salud intelectual y emocional para usted y para los que están a su alrededor. Lea sin moderación.

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Seis: Con B de genio.

El efímero deslumbrado marcha hacia ti, candela,
Crepita, arde y dice: ¡Bendigamos esta antorcha!
El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella
Tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba.

Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido?

Himno a la Belleza, Las Flores del Mal – Charles Baudelaire (fragmento)

La entrada de hoy es un poco especial. No hay canción, sino poema, ni temática, sino tributo. Y es, en efecto, a un genio miserable, a quien está dedicada la entrada de hoy. Miserable, porque vivió en la miseria y escribió sobre ella, y genio… bueno, nadie duda de que fuera un genio.

La poesía de Baudelaire me inspira inspiración, valga la redundancia, pero también una cierta repugnancia: me transmite algo del hastío reflejado en sus “Spleen”, la pasión en los intensísimos versos de “La muerte de los pobres”, el hedonismo más visceral en su “Himno a la belleza” y el erotismo feroz encerrado en las líneas de “A una mendiga pelirroja”; todo esto y mucho más es lo que transmite el brillante enfermo con su pluma.

Si bien los temas que trata son relativamente variados (el amor, el desamor, la adicción, sus recuerdos), siempre puede apreciarse la enfermedad, la miseria y el hastío que ahogaban al poeta. Os dejo por aquí, así, algunos fragmentos de mis poemas favoritos:

Es la Muerte que consuela, ¡ah! y que hace vivir;
Es el objeto de la vida, y es la sola esperanza
Que, como un elixir, nos sostiene y nos embriaga,
y nos da ánimos para avanzar hasta el final;

 La muerte de los pobres. Durante todo el poema, pero especialmente al principio, demuestra un anhelo de descanso y tranquilidad, traduciéndolo en un deseo de morir al fin. Recordemos que los poemas de “La muerte” están situados al final, y Baudelaire consideraba a la obra entera como un libro y no un poemario: esto significaría sus últimos años.

Desde ya, ¡lejos de aquí! ¡Demasiado tarde! ¡Quizás nunca!
Ignoro de dónde vienes, y no sabes a dónde voy,
¡Oh, tú!, a quien hubiese amado, ¡oh, tú que lo supiste!

He aquí “A una transeúnte”. El enamoramiento fugaz (o coup de foudre, como dicen los franceses) y cómo el poeta, valiéndose de vestigios del amor cortés medieval, adora y endiosa a una simple desconocida.

¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!
El mar es tu espejo; contemplas tu alma
En el desarrollo infinito de su oleaje,
Y tu espíritu no es un abismo menos amargo.

Y, para finalizar, “El hombre y el mar”. Este poema se me antoja algo primitivo, no en forma sino en contenido; el retorno del hombre al mar, y no al polvo, el reencuentro con su hermano primigenio: ambos furiosos e incontrolables, el hombre y sus pasiones como el mar con su oleaje.

Charles Baudelaire: adicto, incomprendido, absolutamente brillante, a veces algo misógino, repugnante, tremendamente delicado en ocasiones, feroz, melancólico, solitario, pero, por encima de todo, genio y estandarte del más oscuro, podrido y emocionante romanticismo literario.

Improvisa-2: To this day.

Nota: Esta entrada trata sobre el vídeo “To This Day“, de Shane Koyczan, que os recomiendo a todos que veáis.

Este vídeo, o mejor dicho, este poema hecho vídeo, se centra en tres personajes. Tres personajes concretos pero abstractos, tres personajes que podrían ser cualquiera. Un niño obeso, una chiquilla con una mancha de nacimiento, un muchacho adoptado. No es para tanto, ¿cierto?

Este vídeo, o mejor dicho, este poema hecho vídeo, habla de la soledad. No de la soledad doméstica y a la que todos estamos acostumbrados, no me refiero a la “ausencia de gente”. Me refiero a la soledad interior, a la que menos se ve y la que más duele, ese vacío, esa sensación de rechazo. ¿Sabes a lo que me refiero?

Sí, seguramente lo sabes.

Este vídeo, o mejor dicho, este mensaje hecho vídeo, habla del sufrimiento. No del sufrimiento físico, no del dolor soportable que percibe el sistema nervioso de nuestro organismo, sino del sufrimiento interior, el que te bloquea, te destruye y te anula. Esa horrible sensación de impotencia que te cala por dentro, que te hace sentir inútil, perdido, inválido. ¿Sabes de lo que hablo?

Sí, seguramente lo sabes.

Este vídeo, o mejor dicho, esta protesta hecha vídeo, habla de la fuerza. No de la fuerza bruta que quiebra huesos y calla bocas, en absoluto, no de los puños ni de los ácidos insultos que también son violencia, no; sino de ese tipo de fuerza que hace que brote la esperanza allí donde solo había desolación. ¿Sabes por dónde voy?

Sí, seguramente lo sabes.

Puede que, en tu vida, haya habido ”un día”. Un día que lo cambiase todo, que, de una forma o de otra, para bien o para mal, te convirtiera en alguien distinto. Puede que, en tu caso, no se trate de un día sino de una persona, un momento, un libro, una palabra, una canción. Algo. Algo que trastocase tu vida.

Si has pasado por eso, y estoy segura de que lo has hecho, comprenderás este vídeo (este mensaje, esta estremecedora protesta de cambio, este esperanzador himno) y comprenderás a aquellos que, noche tras noche y aunque tú no puedas verlo, siguen caminando en la cuerda floja. Comprenderás, si no lo hacías ya, que aquello que los otros perciben como debilidad es en realidad la más poderosa de las fortalezas.

¿Y qué pasa si tú no eres de los que miran, sino que te mantienes a duras penas en lo alto de la cuerda? ¿Y qué, si caíste alguna vez?

Our lives will only ever always continue  to be a balancing act that has less to do with pain and more to do with beauty.