Ego solus ipse IV: El pozo.

Antes de nada, tengo que disculparme por haber estado casi un mes sin actualizar. Esta entrada, precisamente, sirve para explicar el porqué de mi ausencia.

Actualmente estoy leyendo Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami. Es de esta novela de donde he sacado la inspiración para hablar de este tema, pues introducen un concepto que me encanta: “sentarse en un pozo”.

El protagonista, Tooru Okada, de repente ve que su vida se ve sacudida por una serie de circunstancias que empiezan con algo en apariencia trivial: la desaparición de su gato. A este hecho le suceden otros acontecimientos, mucho menos agradables, que no voy a contar para no destripar un punto importante de la trama a aquellos que no hayan leído la novela.

Cerca de la casa del protagonista, situada en un barrio residencial, hay una vivienda abandonada, y en su jardín, un pozo. Así, decide bajar al fondo de ese pozo a reflexionar.

Sentado en la oscuridad, Okada descubre cosas de sí mismo que desconocía, cosas de los demás que hasta el momento había pasado por alto, se decide a escuchar, por primera vez en mucho tiempo, a su corazón.

Últimamente yo también he permanecido en mi pozo particular. No he acudido a ningún lugar físico para ello; resulta que en Zaragoza no abundan los pozos secos. No, mi pozo he sido yo misma. Temporalmente me he encerrado en mí y en mis libros, esperando sacar de ellos alguna respuesta. He hecho silencio en mi interior, en ocasiones y he puesto música atronadora, otras veces.

¿Y qué conclusión he sacado?, os preguntaréis.

Pues bien, por gajes del destino o por lo inspirador que me resulta este hombre, he encontrado la respuesta en otra novela de Murakami, en este caso, Baila, baila, baila:

“Lo que tenga que permanecer, permanecerá. Lo que no, no permanecerá. El tiempo soluciona la mayor parte de las cosas. Lo que no pueda solucionar el tiempo, lo solucionarás tú.”

Es cierto que, a priori, no parece una frase muy inspiradora. Pero paraos a pensar en ella un momento. El tiempo. Ese ente que nos acecha durante toda nuestra vida, y con el que mantenemos una relación cambiante dependiendo del momento. Los niños quieren crecer, ser mayores. Los adolescentes están en medio, crecen (crecemos) a trompicones, tropezamos, ocasionalmente nos damos de bruces contra el suelo. Y de pronto un día te despiertas y eres un adulto. Hecho y derecho.

Y entonces, ¿qué?

La mayoría de adultos se mueren por volver a ser niños. Paloma en La elegancia del erizo los compara con peces de colores golpeando sin cesar el cristal de la pecera, que de vez en cuando se paran a contemplar el desastre de nuestras vidas. Yo concuerdo, pero no concuerdo.

No solo la vida adulta es un desastre. El ser un desastre es la característica inherente a la vida; somos personas, no máquinas. Somos seres imperfectos, extraños, cambiantes, muy poco modélicos aunque nos quieran hacer creer otra cosa, contradictorios, incomprensibles e incomprensivos. Somos un desastre.

Y, como somos un desastre, a menudo nos herimos. Habitualmente sin saber cómo, por culpa de quién, a raíz de qué. Solo sabemos que algo sangra. Es que, cuando te disparan, sangras, escribe Sumire en Sputnik, mi amor. Efectivamente; pero a nadie le gusta ser disparado.

Finalmente es el Tiempo, el Tiempo con mayúscula, quien cicatriza la mayor parte de las heridas. El Tiempo es nuestro peor enemigo y nuestro mayor aliado, quien trata de poner un poco de orden en el caos de nuestra especie.

Y precisamente porque somos caóticos, de cuando en cuando todos necesitamos sentarnos en el fondo de un pozo oscuro a reflexionar. Para que el Tiempo haga su trabajo. Para sacarnos las balas de la espalda. Para dejar de golpearnos contra el vidrio de la pecera. Para, en fin, curarnos las heridas y seguir caminando.

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Ego solus ipse III: De la pantalla al rendez-vous.

Internet, ese gran gigante. Yo pertenezco a la generación que nació ya casi enchufada; desde que tengo uso de memoria ha habido en casa un ordenador con acceso a Internet -más o menos rápido-, destinado a hacer trabajos, buscar información y perder masivamente el tiempo. He crecido, por así decirlo, de la mano de Internet.

Y algo que es inevitable en Internet es encontrarte gente, pues somos los “habitantes” de la red. A lo largo de los años que he ido utilizando Internet me he encontrado con tipos muy diferentes de personas virtuales, con las que, en ciertos casos, he congeniado.

Esto ocurrió cuando empecé mis andanzas en los foros, pero se ha dado con mucha más frecuencia desde que caí en Twitter. ¿Y por qué? Porque Twitter es una red social, lo que implica una cierta interacción, pero puedes usarla como te apetezca. Puedes limitarte a seguir a gente conocida y ya está, pero también puedes empezar a seguir a gente a la que no conoces simplemente porque te interesan las cosas que dicen (o que pían).

No falta la gente que salta inmediatamente diciendo que eso es peligrosísimo, que nunca se sabe quién hay detrás de la pantalla, y sí, tienen razón. En parte. Es decir, si te arriesgas a dar datos personales a las primeras de cambio al primero que te menciona, sí, puede que tengas algún problema, pero es que Internet es como todo: hay que utilizarlo con cabeza. Y si lo haces puedes conocer a gente increíble. La gente… aquí es donde yo quería llegar: la desvirtualización.

Pese a que, como he comentado arriba, el conocer a gente por Internet tiene ciertos riesgos, considero que teniendo cuidado y sabiendo lo que haces, puedes llevarte muchísimas experiencias muy positivas. Personalmente he conocido a personas con las que posteriormente he quedado en persona y con las que ahora tengo relaciones de amistad; sin embargo todas tienen algo en común: viven en mi ciudad y es mucho más fácil el contacto.

El sábado pasado, así, fue cuando desvirtualicé a una buena amiga que vive en Barcelona. Y creedme, queridos detractores de las amistades por Internet: la sensación que te embarga cuando tienes a tu lado por fin a alguien con quien antes solo te habías comunicado a través de una fría pantalla de ordenador es increíble.

Y es que, en mi opinión, Internet es muchas veces la “cura” a la superficialidad. No sabes ni te importa cómo es la persona físicamente, simplemente lo que dice, cómo lo dice y cómo es en sí misma.

Si tenéis la oportunidad, os recomiendo que desvirtualicéis a cuantos ciber-amigos podáis: os llevaréis recuerdos fantásticos, una amistad un poquito más consolidada y una tonelada de caramelos japoneses… ¿o eso fue solo en mi caso?

Esta entrada, por supuesto, se la dedico a @painisred y al gran día que pasamos juntas en Barcelona. ¡Muchas gracias por todo, Bárbara!

Rincón lingüístico IV / Ego solus ipse II: Haruki Murakami.

Esta entrada es una excepción. Como podéis observar en el título, pertenece a dos categorías: Rincón lingüístico, cuyas entradas tratan sobre lengua, y Ego solus ipse, que habla básicamente sobre mí. Esto no es algo habitual, porque intento que cada entrada tenga un sitio concreto y ninguno más. No obstante, resulta que esta entrada va a ser especial, porque voy a hablar de alguien especial para mí.

Todos tenemos personas, situaciones o cosas en general que nos atraen más que otras. Nuestros grupos musicales predilectos, el plato que más nos gusta comer, la canción que escuchamos con más cariño… de esta manera, no es raro tener un escritor favorito. Podría ponerme a hablar aquí de lo mucho que me gusta el sushi o de lo mucho que me relaja escuchar a Les Discrets, pero como esta entrada tiene una parte lingüística, voy a hablaros un poco de Haruki Murakami, el hombre que se ha ganado, sin reservas, la etiqueta de “mi escritor favorito”.

Podría hacer un resumen de su biografía y decir que Murakami es un apasionado de la música y de la literatura. Podría comentar su pasión por el deporte o la vinculación de sus novelas con el jazz. Podría hablar de sus premios o de lo que opinan los críticos japoneses y extranjeros sobre su obra. Podría hacerlo, pero no lo voy a hacer. Lo que sí voy a hacer es hablar de mi relación con sus obras, de cómo me afectaron y de lo que significan para mí.

La primera e indiscutible en mi lista es Tokio Blues: Norwegian Wood. Leí esta novela hará unos dos años, en verano. Suelo pasar los veranos en un pequeño pueblo de la costa vizcaína, en una casa enfrente del mar. Como no me gustan demasiado ni los días de sol ni la playa, suelo pasarme esos días de descanso leyendo, escuchando música y mirando el mar. Recuerdo que en ese momento había terminado todos los libros que había llevado conmigo, y mi tía me prestó este.

Lo leí despacio, poco a poco, saboreándolo. Cuando lo terminé, no supe que lo leería mil veces más. Fue calándome poco a poco, como (valiéndome de las alusiones a la naturaleza que utiliza el propio Murakami) el agua cala en la tierra tras un aguacero.

Una de las particularidades de esta novela es que permite, según tu estado de ánimo, identificarte con el eterno observador Watanabe, con la desdichada Naoko o, cuando tu ánimo está a medias sarcástico a medias algo amargo, con Reiko. El sufrimiento que Murakami plasma en ciertos pasajes de la novela está tan vivo y es tan real que hizo que me estremeciese profundamente. Y así, así es como caí en el mundo de este hombre.

Después de Tokio Blues leí Al sur de la frontera, al oeste del sol. Sentí que me decepcionó un poco, pero tras varias relecturas dejó de darme esa impresión. Es la novela de Murakami que menos huella me ha dejado, y como no quiero hacer la entrada excesivamente larga, no me detendré más en esta.

Sputnik, mi amor. No sé si fue mi tercera incursión en Murakami, pero sin duda se pelea, junto con la siguiente de la que hablaré, por el primer puesto en mi lista de “libros inolvidables”. Ya hablé un poquito de Sputnik aquí, aunque ahí me centré más en la parte amorosa de la novela. Probablemente, Sumire es el personaje ficticio con el que más me he identificado nunca, en todos los sentidos. Pero Sputnik, mi amor trata básicamente de pérdida, de sentimientos (no solo amorosos) no correspondidos, todo ello rodeado con la magia del universo de Murakami.

Por último, la más mágica y la más tierna. Kafka en la orilla. La dulzura de Nakata, la determinación de Kafka Tamura, la misteriosa presencia del joven llamado Cuervo. Kafka en la orilla se centra en la huida de la realidad, en el ansia de abandonar algo o de recuperarlo. Kafka en la orilla es mucho más que un batiburrillo de vidas de personajes. Es una de esas novelas que te muestra más de ti mismo que de la historia en sí. Una de las citas que más me gustan es la que dejo ahí abajo. Me hace pensar en el paso del tiempo, en cómo vamos cambiando sin darnos cuenta.

Cada día, al llegar la hora, anochece. Pero el mundo ya no es el mismo que el día anterior. Tú no eres el mismo que ayer.

 

He leído varias novelas más de Murakami, antes de escribir esta entrada estaba, de hecho, leyendo una. Esa atmósfera delicada, suave, y esos personajes que no encajan (por ser demasiado inteligentes o por ser considerados estúpidos, por sentirse solos, por saberse mediocres, por haberse enamorado de quien no tocaba o por no ser capaces de hacerlo),  el escenario de la salvaje metrópoli de Tokio.

No os puedo asegurar que os vaya a encantar, pero lo que es probable es que, si leéis un libro suyo y os atrapa, estaréis perdidos. Disfrutadlo, en ese caso.

Ego solus ipse I: Las lenguas y yo.

Con esta entrada casi espontánea inauguro un nuevo tipo de entradas en este blog. Se llamarán Ego solus ipse (como la entrada-presentación) y no irán asociadas a ninguna canción, porque hablarán exclusivamente sobre mí, o, en este caso, de mi amor por los idiomas.

El más importante y querido para mí es, por supuesto, el español. Pese a que supongo que resultaré algo pedante, me esfuerzo en emplearlo con la mayor corrección posible, porque es mi lengua materna y creo que he de cuidarla. Es una lengua preciosa, llena de matices, giros, expresiones, de poesía, de tiempos verbales (el calvario de los extranjeros que aprenden español), de riqueza. De ahí que mi intención sea estudiar Filología Hispánica, a pesar de sus aparentes pocas salidas, porque quiero conocer mi lengua en profundidad, de forma exhaustiva, hasta el último recoveco.

El segundo en mi ránking es el francés. Ocupa un puesto privilegiado en la lista, pues es el único que compite por ser el primero con el español. Y os preguntaréis (o no) ¿por qué? Pues bien, lo cierto es que ni yo misma lo sé. Como un amigo me dijo hace un tiempo: “lo tuyo con el francés fue un flechazo”. Una de las cosas que más me gustan, sin duda, es su fonética, que si bien no es sencilla, es el toque característico, tan suave y tan reconocible, del idioma. Es una lengua dulce, agradable al oído, relativamente sencilla, curiosa y bonita.

Y es que en algún momento, no sabría determinar cuándo, la lengua de Voltaire me robó el corazón. Por lo visto, irremediablemente.

En tercer lugar, empatados, vienen el chino y el japonés. Estudiando los dos puedo decir, sin echarme flores, que hay que ser valiente para ponerse con estos idiomas, en particular con el chino. Requiere concentración, memoria y, sobre todo, muchísimo tiempo. El chino es un idioma muy especial, no puede aprenderse en cuatro años y para un extranjero es prácticamente imposible dominarlo, pero para mí tiene su encanto. Es una lengua con un vocabulario extremadamente preciso, riquísimo en matices entre palabras, pero sin embargo con una gramática muy simple (sujeto – verbo – objeto, los verbos apenas se conjugan, no hay flexión de género ni de número…) y una pronunciación terriblemente difícil. Aunque suene masoquista, sí, una de las razones por las que me gusta es su dificultad. Raro.

El japonés, he de reconocerlo, empecé a estudiarlo a raíz de mi vena friki. Es una lengua curiosa, infinitamente más fácil que el chino y muy influenciada por el mismo, con una pronunciación sencilla y una gramática no demasiado complicada. Una de las cosas que me encantan del japonés es que es un reflejo perfecto de la sociedad nipona. Es una lengua muy jerarquizada, en la que depende muchísimo la formalidad y tu propio estatus a la hora de hablar. En ese sentido es muy ceremoniosa, siendo su fonética suave y agradable al oído. Me resulta, en sí, muy bonita y agradable de aprender.

Llegando al final, he de reconocer que no he olvidado al inglés, lo que ocurre es que no es un idioma que me entusiasme especialmente. Me parece sencillo, útil y cómodo de hablar, pero nada más. Es entretenido y me gusta aprenderlo, pero por alguna razón, no me llama tanto como los antes mencionados. ¿Será porque estamos ya muy acostumbrados a él?

El caso es que, como habéis podido comprobar, soy una enamorada de los idiomas. Me encanta poder comunicarme -mejor o peor- en varios de ellos, porque me fascina ser capaz de cambiar de mentalidad al cambiar de idioma, y esto es así porque el aprendizaje de una lengua implica aprender, también, la cultura y la forma de ver la vida de otras personas.

Si estáis aprendiendo idiomas o queréis hacerlo, os deseo buenos profesores, porque tenerlos es esencial para que te guste un idioma. Os deseo, también, constancia, ganas de aprenderlo, que la pereza os (nos) abandone un rato y que, en fin, os resulte fácil empaparos de una lengua nueva.

Cero: “Ego solus ipse”

Otra vez yo. Y sí, digo ”otra vez” porque este debe de ser el enésimo blog que abro con la intención de hacer de él mi pequeño proyecto personal. Sin embargo, esta vez será especial: ¡no me he tirado un buen rato intentando descifrar cómo funcionaba esto de WordPress para luego abandonarlo!

Como reza la cabecera, esta vez soy solo yo (y mis circunstancias, dice por ahí un tal Pascal). Sin pretensiones, sin tonterías, sin nada. Yo y mis comidas de tarro, yo y mis libros, yo y yo.

He decidido que, salvo esta, por ser la primera, todas las entradas a partir de ahora serán así: X (dependiendo del número de entradas) y el título o una parte de una canción. ¿Por qué? Porque es mi blog y me lo follQUIERO DECIR, lo uso como quiero. Y punto.

Este sitio va a ser también, a veces, yo y mis escritos. Escritos un poco abstractos, a ratos inconexos y de vez en cuando simplemente raros, pero que me describan a mí. Una vez leí por ahí que los personajes de una novela no son más que la proyección que el autor hace de sí mismo. Siguiendo esto, en realidad la escritura no sería sino una terapia, a veces de autodestrucción o, incluso, alguna retorcida forma de masturbación. Qué rara es la gente.

Tal vez gracias a este blog descubra un poquito más sobre mí, quién sabe. Al fin y al cabo, de momento no es más que un pequeño proyecto.