Improvisa-2: Relato.

El pesado manto de la noche cerrada había caído sobre la colina. El firmamento, sin una sola luz, era tan oscuro como… como… el joven cerró un momento los ojos y el cuaderno. ¿Como qué? Sentado sobre la hierba, agradeciendo la caricia de la fresca brisa nocturna, el muchacho sintió por un momento su cabeza vacía de contenido. Era un escritor novato (un escritorzuelo, decía su padre), que tenía un cajón de su escritorio especialmente destinado a las novelas rechazadas por las editoriales. Guardaba cada fracaso como si se tratase de algo valioso y efímero, como si el hecho de preservar todas y cada una de las dolorosas críticas que había ido recibiendo a lo largo de dos años lo salvase de convertirse en un miserable. En su fuero interno, sin embargo, despreciaba profundamente a los editores -esos viejos resabiados- que criticaban su obra. ¡Sus escritos eran frescos, novedosos, intensos, apasionantes! ¡lo tenían todo!

El joven tenía talento, o eso creía él. Durante el instituto había sido un chico despierto al que los profesores elogiaban, era popular. Él se creía inteligente y talentoso, pero no obstante era incapaz de encontrar algo con lo que comparar el hermoso cielo de aquella noche estival. Y eso empezaba a carcomerle por dentro, a roer su sólida autoconfianza.

El joven se devanó los sesos recordando los talleres de escritura en los que había participado en el instituto. Trató de encontrar un elemento, real o imaginario, que se pudiera comparar a la misteriosa hermosura de aquel cielo, pero fue en vano. Empezaba a pensar amargamente que el firmamento cambiaba a placer para que nadie pudiese describirlo.

El muchacho se tendió sobre la hierba. Con los ojos cerrados y la vieja libreta a un lado, dejó suelto el hilo de sus pensamientos. Pensó él, en la gente de su alrededor, pensó en sus escritos, pensó en aquella pila de novelas rechazadas, pensó en el cielo y nuevamente volvió a pensar en él mismo. Era un cielo normal y él era un joven escritor con talento. ¿Qué diablos, qué diablos era lo que le impedía calificarlo adecuadamente?

Tendrían que pasar todavía un par de años para que, una madrugada de agosto, el chico (o quizá ya no tan chico) se despertase de pronto, sudoroso y desesperado, se arrancase las mantas y buscase desenfrenado aquella estúpida y vieja libreta. Al encontrarla, contemplándola como quien contempla un tesoro o como se mira la foto de un amigo olvidado, se sintió el hombre más afortunado del universo. Por eso, con una calma repentina y casi mística, finalizó aquella frase incompleta desde hacía años, colocó la última pieza del puzle:

El firmamento, sin una sola luz, era tan oscuro como la decepción.

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Rincón lingüístico III: la escritura y yo.

Es un buen día para escribir esta entrada. Tenía pensado que la tercera entrega de mi rincón lingüístico fuese una entrada, escrita en francés y en español, que hablase, precisamente, de mi pasión por el francés. Sin embargo, ya que ayer ya subí una entrada en ese idioma (que encima está pendiente de corrección, y tampoco quiero sobrecargar de trabajo a terceras personas), pensé que acabaríais pasándome por la guillotina. Lo que yo llamo hacer un Robespierre, vaya.

Así que no. Voy a hablar, como bien reza  (¡reza!) el título, de mi relación con la escritura.

Supongo que podría ponerme técnica y explicar que, efectivamente, escribir no es más que “representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie.” Es una definición correcta, pero en este contexto no es completa.

Porque para mí escribir es mucho más. Escribir, antes que nada, es crear. Escribir es ser Dios. Escribir es, como me dijeron una vez, ser generoso. Escribir es esforzarse. Escribir es un placer. Escribir es, también, reescribir. Escribir es fallar y mejorar. Escribir es frustrante y agotador. Escribir es amar lo que escribes. Escribir es ser autocrítico. Escribir es, en resumen, apasionante.

Quizá algunos estéis pensando que quién soy yo para decir eso, que tengo quince años y que no sé nada de nada. Y os digo que tenéis razón, que efectivamente no sé nada de nada, pero lo bueno de esto es que no lo necesito. Si bien se escribe siempre para un público, no hace falta ser un genio para ponerse a escribir. No necesitas tener un dominio perfecto de las técnicas literarias, ni siquiera necesitas un ordenador bonito. Necesitas pasión y ganas de contar una historia, y, tal vez, papel y lápiz.

No sé si algún día escribiré algo que sobrecoja al mundo. Si os soy sincera, ese es mi pequeño gran sueño. Si bien probablemente no consiga escribir algo así de bueno, sí puedo esforzarme para escribir textos que me sobrecojan a mí misma, que hagan que me sienta orgullosa de lo que hago. Este blog, sí, este proyecto que aún no he abandonado, este proyecto por el que estoy venciendo mi pereza infinita, forma parte de ese sueño.

Seguramente faltan muchos años, muchos fallos y mucha experiencia para conseguir algo parecido. Seguramente me quedan muchas, muchísimas críticas, constructivas y destructivas que recibir, mucha gente a la que conocer, muchos libros que leer y muchas teclas que desgastar. Hasta entonces me tendréis por aquí, poniendo granito tras granito, una palabra detrás de otra, songe après songe.

Improvisa-2: Des radotages.

Je suis seule dans ma chambre. J’ai déjà fini mes devoirs, j’ai déjà écrit un post dans ce blog, j’ai déjà tout fini. Je reste en silence, je plonge dans moi-même et je pense. Je pense, tout simplement; je pense. Je pense à ceux qui sont avec moi, je pense à ceux que j’ai perdus, je pense à ceux que j’ai peur de perdre. Je pense, donc je ne fais rien.

Les humains sont les créatures les plus inutiles du monde. On ne fait rien, mais on pense qu’on est très importants car on a la capacité de penser. On ne peut pas voler, on ne nage pas, on est faibles et on le sait, alors on se réfugie dans la pensée; notre force est dans le cerveau. Quand on pense, quand on devient plus humains, on est conscients de nos pensées, mais les pensées ne sont que des idées intangibles. Pas de matière: rien.

Maintenant, je suis en train de penser sur le fait de penser, donc je ne suis en train de rien faire. L’Homme, avec majuscule, faiseur suprême, presque un dieu (je ne vais pas parler sur le concept de dieu, je ne veux pas vous tuer d’ennui), n’est rien sans ses pensées. La mort, peut-on dire, est le manque de pensée.

Je ne fais rien, je ne pense à rien. Même si j’ai l’air très philosophique, je dois être d’accord avec Descartes: “je pense, donc je suis”. Je ne pense à rien, donc je ne suis rien. Existentialisme. Ah, Sartre…!

Comme vous pouvez voir, je radote. Je radote et je le sais, je suis consciente. Radoter, penser, même exister, sont des choses abstraites; des concepts humains, des mots. Rien, rien qu’un peu de philosophie.

C’est stupide. Je suis en train de parler de choses qui n’ont aucun sens, je radote pour le plaisir de radoter, je parle pour le plaisir même de parler. Le plaisir. Hédonisme! Hélas, aujourd’hui (c’est évident !) je suis trop philosophique. Excusez-moi.

Parfois, radoter sur rien c’est une chose très bonne pour la santé. On pense, on parle, on aime, on lit, on écrit des posts philosophiques. On ne fait rien, donc on fait tout.

Pensez, parfois. Écrivez souvent. Radotez, plus souvent. Pratiquez votre français et soyez un peut pédants, comme moi. Faites des choses, ne faites rien. Soyez, ou ne soyez rien.

Cinco: “I’ll hide you in my walls, your body will never be found”

I’ll hide you in my walls,
your body will never be found.
I’ll wear your skin as a suit,
pretend to be you,
your friends will like you
more than they used to

Ride the wings of pestilence, de From First To Last

Hay por el mundo gente con aficiones extrañas, tales como hablar con las plantas o ponerles ropa a sus perros. Luego está la gente que tiene aficiones siniestras, como ver Sálvame o hacer footing (sin coacción previa, se entiende). Pues bien, yo he venido hoy aquí para hablar de mi libro hablaros de una de mis aficiones que, si bien no es tan terrorífica como encontrar interesante a Jorge Javier Vázquez, puede parecer algo macabra. Y es, nada más y nada menos, que los asesinos en serie y lo relacionado con ellos.

Wikipedia define “asesino en serie” como:

Persona que asesina a tres o más personas en un lapso de treinta días o más, dejando un periodo de «enfriamiento» entre cada asesinato, y cuya motivación se basa en la gratificación psicológica que le proporciona dicho acto.

Hay varios tipos de perfiles de asesinos seriales, pero normalmente se clasifican, según su forma de actuar, en dos grandes grupos: los organizados y los desorganizados. Los organizados habitualmente son personas con grandes capacidades intelectuales, que planean de forma increíblemente minuciosa sus asesinatos. Son los más difíciles de descubrir, debido a que ponen mucho empeño en ocultar sus crímenes. A menudo escogen a sus víctimas por causas en especial y tardan años en llevar a cabo el asesinato.

Los desorganizados son, sin embargo, los que me resultan más interesantes. Habitualmente tienen una inteligencia normal o incluso por debajo de la media, no planean sus crímenes y llevan a cabo rituales cuando la víctima ya ha muerto, como canibalismo o necrofilia.

También se los clasifica según la motivación que los empuja a cometer los asesinatos. Las motivaciones más usuales son:

Demencia. Al contrario de la creencia popular, tan solo una pequeña minoría de los asesino seriales tienen problemas mentales reales. Uno de ellos fue el famosísimo Ed Gein, del que hablaré más tarde.

Motivos ideológicos (“asesinos apostólicos”). Los asesinos creen que deben matar a un colectivo para “mejorar la sociedad”. Muchas veces los objetivos de estos asesinos apostólicos son sectores marginales, como prostitutas, mendigos…

Hedonismo. El más común. Normalmente los asesinos llevan a cabo los crímenes para obtener placer, ya sea sexual o de otro tipo.

Si bien la mayoría de estos objetivos confluyen en uno (el poder y la dominación), ahora ya tienen una idea aproximada del comportamiento de estas personas, así que supongo que se estarán preguntando que por qué me pueden interesar tanto. A lo largo de la entrada me centraré en los hedonistas, pues son los que más me interesan.

Analizándolo fríamente, ¿No les parece increíblemente interesante la mente de estos tipos?

Piénsenlo. Personas que obtienen placer (placer, esa sensación que la “gente normal” obtiene mediante la comida, el sexo y las aficiones, entre otras cosas) quitándole la vida a otro ser humano, escuchando sus gritos de auxilio o simplemente observando cómo el hálito vital los abandona…

¿No les parece fascinante? Aun a riesgo de acabar pareciéndome a Joe Carroll (asesino en serie obsesionado con Edgar Allan Poe y antagonista de la terriblemente intrigante serie The Following), y tomando un tono quizá algo macabro, los asesinos en serie son el contrario del concepto de Dios occidental. Si Dios es un ser que dispensa la vida a placer, un asesino es alguien que la quita a placer.

Cuidado, no me malinterpreten: evidentemente pienso que asesinar a otra persona es algo horrendo y punible. Sin embargo, encuentro interesante el funcionamiento de la mente de esos individuos.

Sé que puede sonar algo frívolo, pero tengo dos “asesinos favoritos”, Ed Gein y Jeffrey Dahmer. Para no hacer demasiado larga la entrada, dejo sus respectivos artículos aquí y aquí, respectivamente.

Haciéndoles un resumen muy rápido: Ed Gein elaboró ropa y tapizó parte de su mobiliario con la piel de sus víctimas y consumió parte de sus cuerpos, mientras que Jeffrey Dahmer practicó tanto necrofilia como canibalismo.

¡No pongan esa cara de asco, no es para tant… vale, sí, es algo un poquito asqueroso. Y eso es precisamente lo que me interesa de estas dos personas, saber qué es lo que les llevó a cometer tales atrocidades.

Sí, me gustan los asesinos en serie. Pero no me juzguen, podría ser peor. Podría gustarme Gandía Shore.

Para finalizar, quería comentar que también me resultan interesantes los grandes episodios de matanzas, tales como la masacre de Akihabara o los asesinatos de Columbine, los ataques con gas en el metro de Tokio o la Masacre de Osaka. Pongo ejemplos ocurridos principalmente en Japón (salvo los asesinatos de Columbine) porque es un tema que me queda pendiente: el lado oscuro de la sociedad japonesa.

 

Posdata: la canción de la cabecera es un tributo a Ed Gein, cosa que se puede apreciar en partes como “I’ll wear your skin as a suit, pretend to be you, your friends will like more than they used to” (“llevaré tu piel como un traje, fingiré ser tú, tus amigos te apreciarán más de lo que lo hacían”), por ejemplo.

Improvisa-2: Sputnik, mi amor

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Sería más rápido decir las cosas que no sé hacer que las cosas en que soy buena. No cocino, haciendo la limpieza soy un desastre. Soy incapaz de mantener mi cosas en orden y lo pierdo todo. Me gusta la música, pero cuando canto desafino horrores. Soy muy torpe y no sé clavar un clavo. No poseo el menor sentido de la orientación y suelo confundir la derecha y la izquierda. Cuando me enfado tengo tendencia a romper cosas. Platos, lápices, despertadores. Después me arrepiento, pero, en aquel momento, no puedo controlarme. No tengo ahorros. Me siento incómoda ante la gente sin razón alguna y apenas tengo amigos.

Estas palabras son de Sumire, la protagonista de Sputnik, mi amor, pero los que me conozcan sabrán que bien podrían ser mías. ¿Qué voy a decir?

Sputnik, mi amor trata de la soledad, de la pérdida, de los anhelos imposibles. No os voy a contar de qué trata porque me sería imposible, pero os voy a decir que lo leáis como si de un imperativo categórico se tratase.

Sumire es atolondrada  e ingenua, obsesiva, torpe, con un amor exagerado hacia los libros y bastante poco hacia las personas. O más bien, hacia algunas personas. Porque Sumire se enamoró una vez, una sola vez. Como dice el propio Murakami:

Fue un amor violento como un torna­do que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió el océano, arrasó sin miseri­cordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados ti­gres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor glo­rioso, monumental.

Queridos lectores: les deseo, de todo corazón, que alguna vez se enamoren así. Aunque sufran de vez en cuando, aunque les arrastre la marea, aunque se queden desorientados, aunque la persona amada no cumpla ninguna expectativa y les rompa todos los esquemas.

Rincón lingüístico II: 想

En la segunda entrada de mi rincón lingüístico, contra todo pronóstico, de chino va la cosa.

Xiǎng. Así es la forma pinyin (es decir, la romanización) del hanzi (literalmente “escritura china”, es decir, carácter) que tenéis en el título de la entrada. ¿Y qué significa, os preguntaréis? ¿Y qué significa? Bien, ahí es donde quería llegar.

El chino se caracteriza por tener una gramática más bien escasa: una sencilla estructura sujeto-verbo-objeto, utilización de partículas y ausencia casi absoluta de conjugaciones verbales. Los escasos puntos de gramática que tiene se limitan prácticamente a frases hechas y giros del lenguaje, diversas formas de decir lo mismo, diferenciación entre lenguaje formal e informal y poco más.

Xiǎng es un verbo que quiere decir “pensar”, “desear” y “echar de menos”. Así, “我 想 你” (wǒ xiǎng nǐ) quiere decir “pienso en ti”, “te deseo” y “te echo de menos” simultáneamente.
 Existen dos tipos de hanzis: los que provienen de ideogramas y los que lo hacen de pictogramas. Los segundos son más intuitivos y fáciles de recordar, por ejemplo, 日 (pronunciado ) quiere decir tanto “sol” como “día”, y 人 (rén) significa persona. La mayoría de estos hanzis son muy sencillos y de pocos trazos, pudiéndose saber fácilmente de qué dibujo o forma provienen.
Los ideogramas resultan, por otra parte, más complicados, porque su origen no está en imágenes sino en ideas abstractas, por lo que difícilmente se encuentran reglas o mnemotecnias para memorizarlos. Estos son los hanzis que más trazos tienen, de forma que normalmente están compuestos por dos (o, a veces, más) partes: una es el radical, parte que se repite en otros hanzis de la misma familia o campo semántico, y después lo que en español llamaríamos morfemas derivativos.
Si bien el chino carece de alfabeto (pues el pinyin solo es una romanización que emplean los niños y los extranjeros que están aprendiendo, y no los nativos), se podría decir que los ideogramas más complejos se construyen por asociación, pues normalmente tienen partes de otras palabras.
想, por tanto, podría dividirse en tres partes: la de arriba a la derecha, la de arriba a la izquierda y la de abajo, que es un hanzi por sí mismo. Ahora es donde viene la magia, pues 心 (xīn) significa corazón.
Piensen, deseen, de vez en cuando echen de menos, digan algún ”te quiero” que otro, que no duele, aprendan otra lengua, huyan de sanvalentines y sumérjanse un rato en otra cultura, aprendan mejor la suya y aparten su misantropía de cuando en cuando.

Rincón lingüístico I: ¿Grammarnazi, yo?

Nota de la autora: si es usted propenso a cometer faltas ortográficas o gramaticales y le resulta molesto que su forma de expresarse sea corregida por terceros, le invito a salir de la entrada. Disculpe las molestias.

Señoras y señores, aquí donde me ven (o me leen), desde pequeña he tenido colgada la etiqueta de “diccionario andante”. En aquel momento me sentía más bien orgullosa de recibir ese sobrenombre por parte de mis congéneres, puesto que, o eso me parecía a mí, significaba que me demostraban respeto. Tardé tiempo en darme cuenta de que no era sino un apelativo burlón.

Años más tarde, cuando empecé mis andaduras por Internet, descubrí que se daba (y se da) un fenómeno similar: existe un numeroso grupo de personas que se ofenden cuando corriges su ortografía. Créanme, no es por simple puntillismo: en la Red podemos encontrar perlas tales como “haver”, “haci”, “ahy” y “ber”, citando solamente algunas pocas.

Lo peor es que quienes escriben así muchas veces se justifican. “Es que esto es Internet y aquí la ortografía no cuenta”, “yo escribo como quiero”, “tú no eres quién para decirme cómo tengo que escribir”…

Es inútil discutir con esos sujetos, pues se aferrarán a argumentos que normalmente no son tales y tratarán de desacreditarles. Ignoren en la medida de lo posible su horrorgrafía y listo.

Sin embargo, el problema se torna bastante más engorroso cuando las personas que se expresan de forma tan peculiar son cercanas a usted. Será que soy rara, pero me molesta bastante oír cosas como “ojalá habrías venido antes”, “me dijistes que…”, “ves a coger aquello” o “callaros, que no me dejáis oír”, por citar algunos de los fallos más comunes.

No me malinterpreten: no es que exija a mis congéneres una expresión escrita y oral perfecta, puesto que todos cometemos fallos. Sin embargo, entre cometer algún fallo que otro y hablar como muchos hablan hay un abismo. ¿Tanto cuesta, de verdad, cuidar un poquito la manera de expresarse?

En muchas ocasiones me han llamado pedante por expresar esto. Me remito a la definición que da la Real Academia de “pedante”:

pedante.

(Del it. pedante).

1. adj. Dicho de una persona: Engreída y que hace inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no en realidad.

No sé si es que desconocen el significado exacto del término, o, lo que me preocupa más, que de verdad piensen que intentar ayudar a los demás es pedantería. Personalmente empiezo a creer que lo que les molesta es admitir que otra persona sabe más de algo que ellos, y eso, queridos lectores, sí es una demostración de vanidad.

Al final he acabado tomándomelo con humor, de ahí que, de vez en cuando, yo misma diga que soy una “grammarnazipero realmente me parece algo triste que haya tantísima gente que, en vez de intentar aprender, se irrite ante las correcciones. De acuerdo, entiendo que puede resultar desagradable que alguien esté continuamente sacándote fallos, pero es que en este caso no es así.

Y aquí finalizo mi primera entrada de la sección Rincón Lingüístico. Lean, escriban, intenten mejorar en lo que puedan, corrijan con amabilidad a los demás si es necesario, acepten las correcciones, irrítense lo menos posible y recuerden que el imperativo del verbo callar es “callad” o “callaos”, nunca “callar” ni “callaros”.